KENTUKIS. Samantha Schweblin

En los ’90 llegó a la Argentina el Tamagochi, una mascota electrónica a la que había que alimentar y cuidar como a una real. Sin embargo, los niños se permitían jugar de otra manera con los límites de la crueldad, porque las consecuencias tampoco eran reales. ¿Qué pasaba si no se alimentaba al bichito durante determinada cantidad de tiempo? Algo similar pasaba con el Sims, juego en el cual podía manejarse la vida de una persona, una familia, etc.; consiguiéndoles trabajo, estabilizándoles el humor, construyéndoles un hogar. Enseguida: ¿qué pasa si dejo al personaje encerrado entre 4 paredes sin ninguna puerta durante días? Más acá en el tiempo, apareció una icónica serie que trataba con muy poca ingenuidad estas mismas temáticas, Black Mirror. 

Kentukis, de Samantha Schweblin, entra con fuerza en esta misma línea de cuestiones. Los kentukis son y no son mascotas electrónicas, juguetes, parte de la familia, ventana, peligro inminente. Porque el kentuki es el que aloja a una persona que del otro lado se conecta con él mediante una tablet con un código, y espía a través de este artefacto a quien lo posee. La literatura de Samantha Schweblin es compacta a la vez que se expande en este relato coral. ¿Qué pasa cuando la tecnología se adelanta a su propia regulación? ¿Cómo es capaz un artefacto virtual de generar una conexión real? Y su reverso, ¿cómo puede ser que las conexiones reales a veces sean menos reales que las virtuales? Colaboración de Candela Blanco.

 

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